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sábado, 26 de marzo de 2011

Las Dignidades de Cristo

“Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.” (Mateo 2:11)
“Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre.” (1Timoteo 2:5)

Cuando el hombre cometió la primera trasgresión, prestando oído a la “propuesta indecente”,  melosamente presentada por la serpiente, descubrió, para su pesar, que en lugar de los “beneficios” prometidos, fruto de la tentadora asociación, obtuvo un resultado nefasto; conoció que había hecho pacto con el Sheol, y fue presa del peor negocio que alguien jamás haya realizado; lo perdió todo, y se perdió a sí mismo.

Como efecto inmediato de su ruina, al hombre, diseñado para vivir por siempre, le sobrevino la muerte: murió instantáneamente en su comunion con Dios; su alma fue degradándose en mortal involución durante sus penosos años de “vida”; y, finalmente, su cuerpo, hecho una piltrafa, fue tragado por la fosa fúnebre, tornando al polvo de donde fue formado.

Parte integrante de la bancarrota humana fue la pérdida de tres grandes bendiciones, que identificaban su estado bendito antes de la caída, de las cuales quedó alienado por su desobediencia:  

·        La capacidad de escuchar y recibir la Palabra de Dios, que vivifica y sustenta.
·        La comunión de amor, que le identifica como miembro de la familia de Dios.
·        La pertenencia al Reino de Dios, formado por las criaturas morales que se sujetan a Su Ley, y adoran en espíritu y verdad.

El ser humano, entonces, ya rota su relación con Dios, e imposibilitado de acercarse a Él por la naturaleza profana que vino a caracterizarle, necesita la ministración de mediadores, vicarios, capacitados para ejercer una función de enlace entre el hombre y Dios.

El Padre de amor y  Autor de la salvación, habiéndonos  amado aun cuando éramos pecadores, toma la iniciativa, levantando personas investidas de autoridad y poder divinos para poner en ejecución en la esfera de la historia lo que ya desde la eternidad se había propuesto: religare (término latino de donde proviene nuestra palabra religión, significa “volver a unir”, “volver a ligar”) al hombre caído con un Dios Santo y Exaltado.

La historia antiguo testamentaria nos presenta entonces tres clases de mediadores entre Dios y los hombres que Él habría de llamar para hacerlos Su pueblo, a saber: profetas, sacerdotes y reyes. Estos, por la acción del Espíritu en ellos, el mismo Espíritu que se movió sobre la faz del informe abismo en la creación primigenia produciendo orden y belleza, fueron instrumentos para vivificar el espíritu de los hombres, mostrándoles la salida del caos enajenante al orden y belleza de una relación restaurada.

Estos ministros fueron dones del amor de Dios para hacer evidente que Él no desampararía la obra de Sus manos. Y no eran ellos perfectos, eran seres humanos con defectos y flaquezas, pero su llamado y misión sí eran perfectos; ellos “inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta salvación, escudriñando qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos” (1Pedro 1:10-11). 

Estos hombres de Dios estaban vestidos con las Dignidades de Cristo, de quien eran además tipo. Sí, sus ministerios anunciaban al Mediador por excelencia, aquel que reuniría estas tres Dignidades en una sola persona:

El Profeta. Siendo la Palabra viva, el Verbo de Dios, puede afirmar: “a Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer…las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida” (Juan 1:18; 6:63). La Voz de Dios es clara y perfecta en Él, impartiendo verdadera vida, tanto que aquellos que son impactados por Su Palabra son capacitados para recibirla, sienten placer en ella, y concluyen: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.  Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Juan 6:68-69). La Palabra de Dios que quebranta las peñas y derrite los montes; relámpago enceguecedor y trueno ensordecedor, nos habla, en términos de un silbo apacible, de reconciliación, por el Hijo: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo” (Hebreos 1:1-2).

El Sacerdote.  Mientras el profeta acercaba a Dios al hombre, al presentar de manera entendible y asimilable Su Revelación, el sacerdote procuraba acercar al hombre a Dios, ofreciendo sacrificios sustitutos que aseguraran el favor divino. Estos sacrificaban constantemente, cada día. Era necesaria una ministración ininterrumpida, para que de esa forma la comunión se mantuviera también de manera ininterrumpida. Aunque estos sacrificios solo hacían que Dios pasase por alto transitoriamente los tiempos de ignorancia, como dice el autor del libro de Hebreos: “Y ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados” (Hebreos 10:11).  Pero, llegado el cumplimiento del tiempo, se presentó el perfecto Sumo Sacerdote para ofrecer un sacrificio perfecto, único y definitivo, con el cual acercaría al hombre a Dios, restaurando la comunión perdida de manera permanente, porque es un sacrificio que sí quita el pecado: “somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre…Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados…con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (Hebreos 10:10-14). Al ser acepta la ofrenda del Cristo-Sacerdote, Dios, satisfecho, afirma: “nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones” (Hebreos 10:17).

El Rey.  Los reyes, especialmente los fieles de la familia de David, fueron ministros que mostraron una vislumbre de la bendición y la gloria de pertenecer al Reino de Dios: victoria sobre los enemigos; posesión de la tierra; reverencia, amor y placer en la Ley de Dios; dependencia de Dios; ejercicio de justicia, juicio y equidad.  Cristo Jesus, vino como Rey perfecto, restaurando perfectamente el orden universal que fuera quebrantado por la transgresión. “El Cristo-Sacerdote es también el Cristo-Rey. El plan de Dios consistía en que ambas dignidades fueran desempeñadas por el Gobernador perfecto” (M. Pearlman).  Por el ministerio de este Rey, el Padre nos libra de la potestad de las tinieblas y nos traslada al reino de su amado Hijo (Colosenses 1:13).  Llega a ser natural amar y obedecer Su Ley, pues este Rey es Mediador de un nuevo pacto que pone sus leyes en nuestros corazones,  y las escribe en nuestras mentes (Hebreos 10:16).

En el evangelio según San Mateo capitulo 2 unos sabios de oriente llegan a Jerusalén convencidos de que había nacido el Rey de los Judíos, pero un Rey tan especial que merecía mas que una simple presentación de sus respetos, este Rey debía ser adorado. Estos eran naturales de Persia, Arabia y/o Babilonia, donde habían vivido Judíos desde hacía muchos siglos (2Reyes 17:6), y donde de seguro se conocería la profecía de “la Estrella de Jacob, y el levantamiento del cetro de Israel” (Números 24:17), que formaba parte de la esperanza mesiánica del siglo I. Aunque no todos aceptan la simbología implícita, e independientemente de la utilidad práctica que pudieran tener para los padres terrenales del Señor, podemos ver en los obsequios presentados por los sabios orientales como tributo de adoración el reconocimiento de esas tres dignidades de Cristo,  “postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.” (Mateo 2:11).

Ellos eran sabios de su época, de seguro, muy destacados, pero eso no fue realmente trascendente; su historia solo hubiera quedado registrada en los anales de su nación; lo mas seguro es que hoy nadie supiera de ellos. Pero obtuvieron  reconocimiento universal en virtud de su relación con el Perfecto Mediador que nació, ante quien rindieron su ser en adoración. Pasaron a representar el alcance universal de la Gracia Divina, que no se limitaría solo a Israel, sino que alcanzaría personas de todo linaje y lengua y pueblo y nación, los cuales cantarán en el cielo, ya restaurados en todo su ser, el Cántico de los Redimidos: “y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación; y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra.” (Apocalipsis 5:9-10).

¿Has hallado en Cristo tu Buen Salvador?
¿Eres salvo por la Sangre de Jesus?
¿Por la fe descansas en el Redentor?
¿Eres salvo por la Sangre de Jesus?

© Por Tony Castillo. Certeza de Pertenencia. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

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