Pages - Menu

sábado, 15 de enero de 2011

Limpios por la Palabra que os he Hablado

“Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado.” (Juan 15:3)

La Biblia es ciertamente un libro apasionante. Aun considerada como literatura, es invaluable. En sus páginas, la poesía y la prosa conjugan el verbo hablar de manera tan extraordinaria, exquisita y profunda, que se hacen evidente sobre el humilde vestido de la tinta y vocabulario humanos, los matices celestiales.

Imposible para un amante de la literatura no ser cautivado por un volumen en el que puede encontrar, unidos como por un cordón de grana con bordes dorados, en perfecta coherencia e ilación, géneros tan diversos como el Histórico-Narrativo, Legislativo, Profético, Lírico, Sapiencial, Epistolar, Biográfico, Apocalíptico, entre otros; y comprobar que comunican un solo mensaje, sin la mas mínima contradicción demostrable.

Es extasiante ver danzando en perfecta armonía las más atrevidas figuras de dicción, tales como los símiles, metáforas, parábolas, alegorías, proverbios, tipos, símbolos, fábulas, enigmas, hipérboles, metonimias, sinécdoques, prosopopeyas, entre otros; iluminando y embelleciendo su narrativa, declaraciones, cantos, oraciones, argumentos y decretos.

Lo sorprendente sigue en crescendo cuando nos enteramos que en su redacción trabajaron más de 40 autores, los cuales vivieron en diferentes épocas, algunos separados por cientos de años. En varios casos fueron completos extraños unos con otros. Algunos fueron hombres de negocios o comerciantes, otros pastores de ovejas, pescadores, soldados, médicos, predicadores, reyes. Sirvieron bajo diferentes gobiernos, y vivieron con culturas y sistemas de filosofía contrastantes.

El tiempo empleado en su composición es de maravillar: Moisés comenzó los cinco primeros libros de la Biblia un tiempo antes del año 1400 AC. El apóstol Juan concluyó con el último libro de la Biblia, Apocalipsis, alrededor del año 95 DC. Transcurrió, pues, unos 1500 años entre la escritura del primero y último libro de la Biblia.

Claro que es un gran libro, una pieza de arte… pero este libro no vio la luz para aportar al acervo cultural literario de la humanidad; no fue regalado al hombre para traer belleza al mundo, inspirar a los artistas o enseñar bellas historias a los pequeños. ¡No! Esos son propósitos muy simples, y solo engrosaría el catálogo de libros humanos, que no producen en el hombre más que  vanidad y aflicción de espíritu.   

La Biblia es el libro de Dios, y es Su Revelación. Su propósito es darse a conocer al hombre, de manera que éste a su vez pueda verse a sí mismo contrastado con la realidad  del Único Ser Supremo, Quien es Soberano, Creador, Sustentador, Legislador y Redentor. Puede despertar entonces al reconocimiento de su condición de criatura caída, imposibilitada de alcanzar los estándares divinos. Sus ojos son alumbrados para ver que ese Dios ha provisto el medio eficaz que le coloca en la bendita posición de hijo, asegurándole perpetuamente la felicidad y realización plena. Y, lo más importante, conoce a la Persona que hizo posible por Sus méritos el beneplácito del Padre hacia el mísero mortal,  Jesucristo, el Hijo de Dios.

Así que la Biblia, más que mera literatura, es un texto vivo, es la Palabra de Dios. Es eficaz,  y hace al creyente apto para ser un real y ejemplar ciudadano del Reino de Dios, capaz de mostrar el carácter de su Señor,  y realizar las buenas obras que dan gloria al Soberano (2Timoteo 3:16-17; Hebreos 4:12). Momentos antes de partir al Calvario, el Señor Jesús se gozó en poder hablar con sus discípulos acerca de la obra purificadora que Su Palabra había hecho ya en ellos:  Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado.” (Juan 15:3). Reveló que, en virtud de la permanencia de Su Palabra en ellos, los podía considerar amigos cercanos, no simples siervos: “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer.  No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé.”  (Juan 15:14-16).

¡Cuán firme cimiento se ha dado a la fe,
De Dios en su eterna Palabra de amor!
¿Qué mas Él pudiera en su libro añadir,
Si todo a sus hijos lo ha dicho el Señor?

© Por Tony Castillo. Certeza de Pertenencia. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario