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martes, 29 de noviembre de 2016

Cómo Orar (Lloyd-Jones)

En los versículos 5-8 [del capítulo 6, evangelio según S. Mateo] nos encontramos con el segundo ejemplo que nuestro Señor emplea para ilustrar su enseñanza referente a la piedad o a la conducta de la vida religiosa. Éste, como hemos visto, es el tema que examina en los primeros dieciocho versículos de este capítulo. "Guardaos", dice en general, "de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos." He aquí la segunda ilustración de este principio. A continuación del tema de dar limosna viene el de orar a Dios, de nuestra comunión e intimidad con Él. También aquí nos encontraremos con la misma característica general que nuestro Señor ha descrito ya, y que vuelve a presentarse con mucho relieve.

Este pasaje de la Escritura, pienso a veces, es uno de los más penetrantes de toda la Escritura, de los que más humillación produce. Pero se puede leer estos versículos de forma tal que uno pase por alto el punto central, y ciertamente sin caer bajo la condenación que contienen. Al leer este pasaje existe siempre la tendencia de considerarlo como una denuncia de los fariseos, del auténtico hipócrita. Leemos, y pensamos en la clase de persona ostentosa que en forma obvia trata de atraer la atención sobre sí misma, como lo hicieron los fariseos. En consecuencia lo consideramos solamente como denuncia de esta hipocresía manifiesta sin aplicárnoslo a nosotros mismos. Pero esto es no comprender el verdadero sentido de la enseñanza que estos versículos contienen, la cual es la denuncia devastadora que nuestro Señor hace de los efectos terribles del pecado en el alma humana, y sobre todo del pecado del orgullo. Esa es la enseñanza.

El pecado, según nos muestra aquí, es algo que nos acompaña siempre, incluso cuando estamos en la presencia misma de Dios. El pecado no es algo que suela acometernos y afligirnos cuando estamos separados de Dios, en un país lejano, por así decirlo. El pecado es algo tan terrible, según la denuncia que nuestro Señor hace de él, que no sólo nos sigue hasta las puertas del cielo, sino que —si fuera posible— nos sigue hasta el mismo cielo. De hecho, ¿acaso no es ésta la enseñanza bíblica respecto al origen del pecado? El pecado no es algo que comenzó en la tierra. Antes de que el hombre cayera, ya había habido una Caída previa. Satanás era un ser perfecto, brillante, angélico, que moraba en la gloria; y había caído antes de que el hombre cayera.

Esta es la esencia de la enseñanza de nuestro Señor en estos versículos. Es una denuncia terrible de la naturaleza horrorosa del pecado. No hay nada que sea tan falaz como pensar en el pecado sólo en función de actos; y mientras pensemos en el pecado sólo en función de cosas que de hecho se hacen, no llegamos a comprenderlo. La entraña de la enseñanza bíblica acerca del pecado es que es esencialmente una disposición. Es un estado del corazón. Creo que podría sintetizarlo diciendo que el pecado es en último término el adorarse a sí mismo, el adularse a sí mismo; y nuestro Señor muestra (lo cual para mí resulta algo alarmante y terrible) que esta tendencia nuestra a la auto adoración es algo que nos sigue incluso hasta la misma presencia de Dios. A veces produce el resultado de que incluso cuando tratamos de persuadirnos de que estamos adorando a Dios, en realidad nos adoramos a nosotros mismos y nada más.

Ésta es la índole terrible de su enseñanza a este respecto. Eso que ha entrado en nuestra naturaleza y constitución mismas como seres humanos, es algo que contamina tanto todo nuestro ser, que cuando el hombre se dedica a la forma más elevada de actividad, todavía tiene que luchar con ello. Siempre se ha estado de acuerdo, me parece, en que la imagen más elevada que se pueda formar de un hombre es cuando se lo ve de rodillas delante de Dios. Éste es el logro más sublime del hombre, es su actitud más noble. Nunca es mayor el hombre que cuando se halla en comunión y contacto con Dios. Ahora bien, según nuestro Señor, el pecado es algo que nos afecta tan profundamente que incluso cuando nos dedicamos a esa actividad, está con nosotros para tentarnos. En realidad, no nos queda sino estar de acuerdo, basados en la enseñanza del Nuevo Testamento, en que sólo así se puede empezar a entender el pecado.

Propendemos a pensar en el pecado en la forma que lo vemos en las manifestaciones más bajas de la vida. Vemos a un borracho, el pobre, y decimos: he ahí el pecado; esto es pecado. Pero eso no es la esencia del pecado. Para formarnos una idea exacta del mismo y comprenderlo, debemos ver a algún gran santo, a algún hombre fuera de lo corriente en su devoción y dedicación a Dios. Mirémoslo ahí de rodillas, en la presencia misma de Dios. Incluso en esas circunstancias el 'yo' lo está asediando, y la tentación para él consiste en pensar acerca de sí mismo, pensar en forma placentera acerca de sí mismo, y en realidad adorarse a sí mismo en vez de adorar a Dios.

Esa, y no la otra, es la verdadera imagen del pecado. Lo otro es pecado, desde luego, pero no es el pecado en su forma más aguda; no se ve en ello el pecado en su esencia misma. O para decirlo de otra manera, si uno quiere verdaderamente entender algo acerca de la naturaleza de Satanás y de sus actividades, lo que hay que hacer no es moverse en los estratos más bajos de la vida; si uno quiere saber algo acerca de Satanás hay que ir al desierto donde nuestro Señor pasó cuarenta días y cuarenta noches. Esa es la imagen verdadera de Satanás cuando lo vemos tentando al mismo Hijo de Dios.

Todo esto se resume en esta afirmación. El pecado es algo que nos sigue incluso hasta la presencia misma de Dios (énfasis añadido).

Esto es enseñanza del Señor al pueblo cristiano, no al no cristiano. Es su advertencia a aquellos que han nacido de nuevo. También ellos han de ser cuidadosos, no sea que en sus mismas oraciones y devociones se hagan culpables de esta hipocresía de los fariseos. Hay una forma equivocada y otra genuina de orar. Nuestro Señor se ocupa de ambas.

El problema de la forma equivocada es que su mismo enfoque es erróneo. El error esencial es que se concentra en sí misma. Es el centrar la atención en el que está orando en vez de centrarla en Aquel a quien se ofrece la oración. Ese es el problema, y nuestro Señor lo muestra en este pasaje en una forma muy gráfica y pertinente. Dice: "Cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres”.

Según nuestro Señor, la razón para que oren en las esquinas de las calles es más o menos la siguiente. El hombre que se dirige hacia el templo para orar está deseoso de producir la impresión de que es un alma tan devota que ni siquiera puede esperar hasta llegar al templo. De modo que se detiene a orar en la esquina de la calle. Por esta misma razón, cuando entra al templo pasa hacia adelante al lugar más visible que puede. Ahora bien, lo que nos importa es extraer el principio, por ello, presento esto como el primer cuadro.

El segundo se contiene en las siguientes palabras: "Orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos." Si tomamos estos dos cuadros juntos, veremos que hay dos errores básicos en la raíz de esta forma de orar a Dios. El primero es que mi interés, si soy como el fariseo, está en mí mismo, que soy el que ora. El segundo es que creo que la eficacia de mi oración depende de lo mucho que ore, o de la forma particular en que ore.

Examinemos estos dos puntos por separado. El primer problema, pues, es el peligro de interesarse por uno mismo. Esto se manifiesta de diferentes formas. El problema primero y básico es que esa persona está deseosa de que los demás sepan que ora. Éste es el principio de todo. Está deseosa de disfrutar de una reputación de hombre de oración; está deseosa de esto y lo ambiciona, lo cual, de por sí, ya es malo. Uno no debería estar interesado en sí mismo, como nuestro Señor explica. Así pues, si existe alguna sospecha de interés en uno mismo como persona de oración, ando equivocado, y esa condición viciará todo lo que me proponga hacer.

El siguiente paso en este proceso es que el que otros nos vean en oración, se convierte en deseo positivo y real. Lo anterior, a su vez, conduce a lo siguiente: a hacer cosas que garanticen que los otros nos vean. Esto es algo muy sutil. No siempre es evidente, como lo vimos en el caso del dar limosna. Hay un tipo de persona que se exhibe constantemente y se pone en una posición prominente de forma que siempre atrae la atención sobre sí misma. Pero hay también maneras sutiles de hacer esto mismo.

Alguien se dice a sí mismo, "Claro que no voy a caer de rodillas en un corredor cuando voy de una habitación a otra; ni tampoco voy a detenerme en las esquinas de las calles; no voy a exhibirme en el templo ni en la sinagoga; siempre voy a orar en secreto. Nuestro Señor dijo: 'Entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora; Mi oración va a ser siempre oración secreta." Sí, pero alguien puede orar en secreto de tal forma que todo el mundo sepa que está orando en secreto, porque da la impresión, al dedicar tanto tiempo para orar, que es un gran hombre de oración. .

No estoy exagerando. Ojala fuera así. ¿Qué les parece esto? Cuando uno se encuentra en su aposento con la puerta cerrada, ¿cuáles son los pensamientos que le vienen a la mente? Son pensamientos acerca de que otras personas saben que uno está ahí, y lo que está haciendo y así sucesivamente. Uno debe descartar para siempre la idea de que estas cosas solamente se aplican al estilo llamativo y palpable de los fariseos, en otros tiempos. Hoy es lo mismo, por muy tenue u oculta que sea la forma.

Claro que no debemos ser excesivamente escrupulosos acerca de estos puntos, pero el peligro es tan sutil que siempre debemos tenerlo presente. Recuerdo haber oído hablar a algunas personas acerca de un hombre que asistía a ciertas reuniones y del que decían con gran admiración que se habían dado cuenta de que después de las reuniones siempre se subía a una colina lejos de todos, y se ponía de rodillas para orar. Bien, ese buen hombre ciertamente hacía eso, y no me corresponde a mí juzgarlo. Pero me pregunto si en ese gran esfuerzo de subir a la colina no había una cierta mezcla de lo mismo que nuestro Señor pone de manifiesto aquí.

Todo lo que se sale de lo corriente, en último término, atrae la atención. Si no me detengo en las esquinas de las calles, pero me hago notar al subirme a una colina, estoy llamando la atención hacia mí mismo. Este es el problema; lo negativo se convierte en positivo en una forma casi imperceptible antes de darse uno cuenta de lo que está haciendo.

Pero vayamos un poco más allá. Otra forma que asume esto es el terrible pecado de orar en público para producir algún efecto en las personas presentes y no con el deseo de acercarse a Dios con reverencia y temor religioso. No estoy seguro, porque a menudo me he sentido indeciso en cuanto a ello, y por eso hablo con cierta vacilación, de si todo esto es aplicable o no a las llamadas 'hermosas oraciones' que las personas dicen que ofrecen. Pondría en tela de juicio si las oraciones deben ser alguna vez hermosas. Quiero decir que no me siento satisfecho con alguien que presta atención a la forma de la oración. Admito que es un punto muy debatible. Lo someto a consideración. Hay personas que dicen que cualquier cosa que se ofrezca a Dios debería ser hermosa, y por consiguiente uno debería tener mucho cuidado en cuanto a la construcción de las frases, a la dicción y a la cadencia en el momento de orar. Nada, dicen, puede ser demasiado hermoso para ofrecérselo a Dios.

Admito que el argumento tiene cierta fuerza, pero me parece que queda completamente contrarrestado por la consideración de que la oración es, en último término, una charla, una conversación, una comunión con mi Padre; y uno no se dirige a alguien a quien ama en esta forma perfecta y esmerada, prestando atención a las frases, a las palabras y a todo lo demás. La comunión e intimidad genuinas tienen en sí algo esencialmente espontáneo.

Yo sugeriría, sin embargo, que el principio rector es que todo el ser de la persona que ora debería concentrarse en Dios, debería centrarse en Él, y olvidar todo lo demás. En lugar de desear que la gente nos agradezca las llamadas oraciones hermosas, deberíamos más bien sentirnos inquietos cuando lo hacen. La oración pública debería ser tal que las personas que están orando en silencio y el que está pronunciando en voz alta las palabras, deberían dejar de estar conscientes el uno del otro, y ser conducidos en alas de la oración hasta la presencia misma de Dios.

El segundo problema en relación con este enfoque equivocado, surge cuando tendemos a concentrarnos en la forma de la oración, o en la cantidad de tiempo pasado en oración. "Y orando —dice— no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos”. Todos sabemos lo que quiere decir este término 'vanas repeticiones'. Todavía se practica en muchos países orientales donde tienen ruedas de oración. La misma tendencia se muestra también en el catolicismo, en llevar la cuenta del rosario. Pero también esto nos puede ocurrir a nosotros en una forma mucho más imperceptible.

Hay personas que a menudo dan gran importancia a dedicar un tiempo determinado a la oración. En cierto sentido es bueno reservar determinado tiempo para orar; pero si lo que nos preocupa es ante todo orar durante ese tiempo determinado, y no el hecho de orar, más valdría que no lo hiciéramos. Fácilmente podemos caer en el hábito de seguir una rutina y olvidarnos de lo que en realidad estamos haciendo. Como los mahometanos, que a ciertas horas del día se postran de rodillas; también muchas personas que tienen un tiempo determinado para orar, acuden a Dios en ese momento específico, y a menudo se incomodan si alguien trata de impedírselo. Deben ponerse a orar a esa hora tan específica. Mirándolo objetivamente, ¡qué necio es esto!

Pero no se trata sólo del tiempo determinado; el peligro se muestra también en otra forma. Por ejemplo, grandes santos han dedicado siempre mucho tiempo a la oración y a estar en la presencia de Dios. Por consiguiente, tendemos a pensar que la forma de ser santos, es dedicar mucho tiempo a la oración y a estar en la presencia de Dios. Pero el punto importante para el gran santo no es que dedicaba mucho tiempo a orar. No se pasaba el tiempo mirando el reloj. Sabía que estaba en la presencia de Dios, había entrado en la eternidad, por así decirlo. La oración era su vida, no podía vivir sin ella. No le preocupaba recordar la duración. Cuando empezamos a hacer esto, se convierte en algo mecánico y echamos todo a perder.  […] la pobre alma humilde que no puede completar una frase, pero que ha clamado a Dios en angustia, lo ha alcanzado de algún modo, y obtendrá recompensa [...]

Pasemos ahora a la forma correcta. Hay un modo adecuado de orar, y también en esto el secreto radica en el enfoque. Esta es la esencia de la enseñanza de nuestro Señor. "Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta ora a tu padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público. Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos. No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis".

¿Qué quiere decir? Si se formula en función del principio esencial significa lo siguiente: lo único importante al orar en cualquier lugar es que debemos caer en la cuenta de que nos estamos acercando a Dios. Esto es lo único que importa. Es simplemente este punto de 'recogimiento', como ha sido llamado. Con tal de que cayéramos en la cuenta de que nos acercamos a Dios, todo lo demás andaría bien.

Pero necesitamos instrucción un poco más detallada, y afortunadamente nuestro Señor nos la da. La divide en la forma siguiente. Primero hay el proceso de exclusión. Para asegurarme de que caigo en la cuenta de que me acerco a Dios, tengo que excluir ciertas cosas. He de entrar en ese aposento retirado. "Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto”. ¿Qué significa esto?

Hay algunos que quisieran persuadirse a sí mismos de que estas palabras contienen una prohibición de todas las reuniones de oración. Dicen, "No voy a reuniones de oración, oro en secreto”. Pero aquí no se prohíben las reuniones de oración. No es prohibir la oración en público, por qué Dios mismo la enseñó y en la Biblia se recomienda. En ella se mencionan reuniones de oración que pertenecen a la esencia y vida mismas de la iglesia. No es esto lo que prohíbe. El principio es que hay ciertas cosas que debemos excluir, ya sea que oremos en público o en secreto.

He aquí una de ellas. Hay que excluir y olvidar a los demás. Entonces uno se excluye y se olvida de sí mismo. Esto es lo que significa entrar en el aposento. Se puede entrar en ese aposento mientras se camina por una calle muy transitada, o mientras uno va de una habitación a otra de la casa. Se entra en ese aposento cuando se está en comunión con Dios y nadie sabe lo que uno está haciendo. Pero se puede hacer lo mismo si se trata de un acto público de oración.

Eso es lo que nuestro Señor nos dice que hagamos. De nada sirve entrar en el aposento y cerrar la puerta si todo el tiempo estoy lleno de mí mismo y pensando acerca de mí mismo, y me enorgullezco de mi oración. Para eso lo mismo podría estar en la esquina de la calle. No, tengo que excluirme tanto a mí mismo como a los demás; mi corazón ha de estar abierto única y totalmente a Dios. Digo con el salmista: "Afirma mi corazón para que tema tu nombre. Te alabaré, oh Jehová Dios mío, con todo mi corazón”. Esto pertenece a la esencia misma de la oración. Cuando oramos debemos recordar expresamente que vamos a hablar con Dios. Por consiguiente hay que excluir, dejar afuera a los demás y también a uno mismo.

El siguiente paso es comprensión. Después de la exclusión, la comprensión. ¿Comprender qué? Bien, debemos comprender que estamos en la presencia de Dios. ¿Qué significa esto? Significa comprender quién es Dios y qué es Dios. Antes de comenzar a pronunciar palabras deberíamos siempre hacer esto. Deberíamos decirnos a nosotros mismos: "Ahora voy a entrar en la presencia de Dios, el Todopoderoso, el Absoluto, el Eterno y gran Dios con todo su poder y majestad; de ese Dios que es un fuego que consume; de ese Dios que es luz, y en el cual no hay tinieblas; el Dios total y absolutamente santo. Eso es lo que voy a hacer”.

Debemos concentrarnos y entender todo esto. Pero sobre todo, nuestro Señor insiste en que deberíamos comprender que, además de eso, Él es nuestro Padre. "Y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público”. La relación es la de Padre e hijo, "porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis”.

¡Oh si comprendiéramos esto! Si comprendiéramos que este Dios todopoderoso es nuestro Padre por medio del Señor Jesucristo. Si comprendiéramos que somos en realidad hijos suyos y que cuantas veces oramos es como el hijo que acude a su Padre. Él lo sabe todo respecto a nosotros; conoce todas nuestras necesidades antes de que se las digamos. Del mismo modo que el padre se preocupa por el hijo y lo cuida, y se adelanta a las necesidades del hijo, así es Dios respecto a todos aquellos que están en Cristo Jesús. Desea bendecirnos muchísimo más de lo que nosotros deseamos ser bendecidos. Tiene un plan y programa para nosotros. Con reverencia lo digo, tiene una ambición para nosotros, que transciende nuestros pensamientos e imaginaciones más elevadas. Debemos recordar que es nuestro Padre. El Dios grande, santo, todopoderoso, es nuestro Padre. Cuida de nosotros. Ha contado los mismos cabellos de nuestra cabeza. Ha dicho que nada nos puede suceder que Él no lo permita.

Luego debemos recordar lo que Pablo dijo tan magníficamente en Efesios 3: Él es "poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos”. Esta es la verdadera idea de la oración, dice Cristo. Uno no va simplemente a darle vueltas a una rueda. No se trata de pasar las cuentas de un rosario. Uno no dice: "debo dedicar horas a la oración, así lo he decidido y lo debo hacer”. Uno no debe decir que la forma de conseguir una bendición es pasar noches enteras en oración, y que como la gente no lo hace por eso no se pueden esperar bendiciones. Debemos descartar para siempre esta idea matemática de la oración. Lo que debemos hacer ante todo es comprender quién es Dios, qué es, y nuestra relación con El.

Finalmente debemos tener confianza. Debemos acudir siempre con la confianza del niño. Necesitamos una fe infantil. Necesitamos esta seguridad de que Dios es verdaderamente nuestro Padre, y por consiguiente debemos excluir de verdad toda idea de que es necesario seguir repitiendo nuestras peticiones porque ello va a producir la bendición. Dios gusta que mostremos nuestro deseo, nuestra ansiedad de algo. Nos dice que tengamos 'hambre y sed de justicia' y que la busquemos; nos dice que oremos y no desfallezcamos; se nos dice que oremos 'sin cesar'. Sí; pero esto no quiere decir repeticiones mecánicas; no quiere decir creer que se nos escuchará si hablamos mucho. No quiere decir eso en absoluto. Significa que cuando oro sé que Dios es mi Padre, que se complace en bendecirme, y que está mucho más dispuesto a darme, de lo que yo estoy a recibir; y que siempre se preocupa por mi bienestar. Debo descartar ese pensamiento de que Dios se interpone entre mí mismo y mis deseos y lo que es mejor para mí. Debo ver a Dios como mi Padre, que ha comprado mi bien definitivo en Cristo, y que está esperando bendecirme con su propia plenitud en Cristo Jesús.

Así pues, excluimos, comprendemos, y entonces con confianza, presentamos ante Dios nuestras peticiones, sabiendo que Él lo sabe todo antes de que empecemos a hablar. Así como al padre le complace que su hijo acuda a él repetidas veces para pedirle algo, y no que el hijo diga, "mi padre siempre me lo da"; así como al padre le gusta que el hijo siga viniendo porque le agrada el contacto personal; así Dios desea que acudamos a su presencia. Pero no debemos acudir con dudas; debemos saber que Dios está mucho más dispuesto a dar, que nosotros a recibir. La consecuencia será que "tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público”.


© Lloyd-Jones, D. Martyn. El Sermón del Monte. Vol. II.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Cuatro razones por que el poder de Dios a veces se oculta (W. Gurnall)

Pero un alma desanimada dice: “He orado una y otra vez pidiendo fuerza ante la tentación, ¡y hasta hoy tengo las manos débiles! Por mucho que me esfuerce, no puedo resistir. Si realmente me es posible reclamar el poder de Dios, ¿por qué no tengo la victoria en mi vida cristiana?”

1. Puede que hayas pasado por alto el poder de Dios.

Mira de nuevo, y sin duda verás alguna fuerza que te ha pasado desapercibida antes. Tal vez oraste esperando que Dios respondiera de cierta manera; pero mientras lo esperabas mirando por la ventana delantera, él entró por la puerta de atrás. Esto es: esperaste un alivio repentino de la prueba, pero en su lugar Dios te dio fuerza para orar con mayor fervor. ¿Es eso nada? Cualquier médico te dirá que cuanto más fuerte llora un ni­ño, más fuerte es.

No solo esto. ¿No ves que tienes mayor poder de abnegación que antes? Es decir, ¿no te humilla cada vez más la espina clavada en tu carne? Si es así, has luchado con un fuerte oponente —tu orgullo— y has luchado bien. ¿Qué cosa más dura y contra naturaleza hay que obligar al orgullo carnal a doblar la rodilla delante de Dios?

2. Dios puede demorarse a propósito.

Cuando has esperado todo el tiempo que estás dispuesto a esperar, y Dios aún no ha respondido, no dejes que tu propia impaciencia le acuse de ser negligente. En su lugar, di: “Mi Padre es más sabio que yo. Enviará lo necesario cuando haga falta. Sé que si retrae su mano al presente, solo es porque sabe más que yo".

Una razón para aplazar la liberación es darnos la oportunidad de crecer en la fe. Cuando una madre enseña a su hijo a andar, se aleja un poco y extiende su mano al niño, llamándolo. Si ejerce su fuerza acercándose al pequeño, eso no sirve, porque el niño no puede entonces ejercitar sus piernas débiles. Si lo ama, le dejará sufrir un poco al presente para asegurar su salud futura. Igualmente, ya que Dios ama a sus hijos, a veces los deja luchar para fortalecer las piernas de su fe.

No solo esto; también puede utilizar las pruebas como ocasión de mayor demostración de su poder. Supongamos que un niño anda por la orilla de un río; se resbala, y corre verdadero peligro. ¿Qué hace su madre? ¡Corre enseguida a salvarlo! Y sus brazos nunca antes fueron tan fuertes para consolarlo como en tal circunstancia.

Puede que seas una pobre alma débil en la fe y a punto de hundirte; pero hasta hoy perdura tu gracia, aunque haga aguas. ¿Hay mayor demostración del poder de Dios que ver cómo se remolca este barco afligido y fatigado por la tempestad ante una armada de pecados y demonios, para llegar al buen puerto de Dios? ¡Qué gran tributo a su poder, el que una nave tan débil derrote a todos los acorazados de Satanás!

3. El estorbo a la bendición puede estar en ti.

Si tu corazón no está bien seguro cuando clamas por liberación, la fuerza no vendrá. Pregúntate lo siguiente cuando te sientas alejado del poder de Dios:

¿Confío realmente en Dios, y únicamente en él, para satisfacer mi necesidad? ¿O estoy dependiendo de mi resolución, de mi pastor o de otra fuente externa? Todas estas cosas son buenas, pero solo son servidores de Dios. Pasa por ellas hasta llegar a Cristo mismo. Tócale, y la liberación es tuya.

¿Doy gracias por la fuerza que tengo? En una carrera de larga distancia, los corredores emplean más de una velocidad. Tal vez te desanimas cuando ves a tantos fuertes adelantarte camino a la gloria. En lugar de gritar tras ellos, ¡da gracias porque tienes alguna fuerza! Aun el puesto más bajo en el ejército de los santos es de un gran honor. ¿Estás en la carrera? Es por la gracia de Dios, únicamente; dale gracias por el privilegio. Recuerda: todos los que terminan la carrera —hasta el creyente más dé­bil— son ganadores.

¿Ha bloqueado mi orgullo el fluir del poder de Dios? Dios no enviará más poder si lo utilizas para tu propio provecho. Ten en cuenta lo rápidamente que te alejan de él las alas de tu orgullo. Porque te ama, te quitará tu porción de poder si esta te priva de la comunión con él. Todo esto lo hace por tu bien; para que cuando se ahogue tu orgullo, eso te obligue a volver a él.

4. Dios puede llamarte a perseverar en situaciones críticas.

Tal vez nada de lo expuesto responda a tu caso individual. Tu corazón está bien con Dios; has esperado sinceramente en oración, pero Dios retrae su mano. Entonces tienes que vivir y morir en la espera, porque puede que sea lo apropiado. ¿Qué mayor evidencia de tu fe y de la obra de la gracia de Dios en ti que perseverar hasta el fin?

Consuélate con la promesa de que cuando estés en las últimas, llegará la fuerza. La Palabra dice: “Los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas” (Is. 40:31). El Profeta no fue enviado a la viuda antes de que esta hubiera cocido el último pan. Job no fue liberado hasta cumplirse el propósito de Dios. ¿Son tus pruebas mayores que las de Job? Esfuérzate por tener su mismo corazón, y sabrás que tu vida está en manos de un Dios lleno de tierna misericordia y compasión (cf. Stg. 5:11).


William Gurnall. El cristiano con toda la armadura de Dios. Primera edición en español: 2011. Copyright © 2011 por The Banner of Truth Trust para la versión española.

martes, 22 de marzo de 2016

Vosotros, pues, oraréis así…

“Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público. Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos. No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis. Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén”. (Mateo 6:5-13)


El mundo engañoso y vano en que vivimos, con su propaganda, con su feria de vanidades, intenta convencernos que estamos necesitados de tantas cosas; procura mantenernos en una angustia constante acerca de cosas que, según sus comerciales, no tenemos. Y, en verdad, cuando vemos a las personas, cómo corren tras esas cosas, cómo las anhelan, cómo se afanan día en día para obtenerlas, somos tentados a creer que es verdad, que nosotros también las necesitamos desesperadamente.

Y si no resistimos, si nos rendimos ante lo que al parecer ha quedado demostrado como una “verdad evidente”, nos encontraremos corriendo junto con el mundo su carrera de desenfreno y disolución; nuestros corazones se cargarán de glotonería, y nuestras oraciones se tornarán egoístas e ineficaces, pues seremos de los que piden y no reciben, porque piden mal, para gastar en deleites temporales (vea 1Pedro 4:4; Lucas 21:34; Santiago. 4:3).

Pero nuestro Señor Jesucristo nos alienta a ser diferentes a las personas del mundo; Él nos dice: “no os hagáis semejantes a ellos” (Mat. 6:8). Entonces nos presenta un modelo de oración que resume la conciencia, la seguridad y las prioridades del creyente. En Mateo 6:9-13 leemos:

“Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro…”

Lo primero a lo que llama nuestra atención  este modelo de oración es: considerar nuestra identidad. La oración es solo para los hijos, y la oración del Señor nos identifica como hijos de Dios; nos estamos dirigiendo al Padre, no a una deidad lejana y desconocida. Y no solo es el Padre, sino nuestro Padre Amante. Es Quien, en su Decreto eterno de amor, encomendó a su Hijo Unigénito comprar la redención de pobres e indignos pecadores que estaban lejos y destituidos de Su gloria, para vestirlos con justicia divina y adoptarlos como hijos amados. Reconociendo, pues, esa inmerecida posición, somos alentados a orar con plena confianza, sabiendo que nuestro Amante Padre está atento a nuestras oraciones, y que obrará su Propósito eterno en nosotros  respondiendo a esas oraciones que Él mismo ha inspirado.

“…que estás en los cielos, santificado sea tu nombre”

Lo segundo a lo que llama nuestra atención  este modelo de oración es: considerar la Identidad de Dios. Él es el Dios Santo y Excelso; nos estamos dirigiendo al Dios ante cuyos ojos los cielos mismos no son suficientemente limpios (Job 15:15). De modo que la motivación primera de nuestras oraciones debe ser que Su Santo Nombre reciba gloria. No debemos dirigirnos al Dio Sublime como quien se dirige a un mesero para ordenar el deseo de nuestro vientre. No debemos dirigirnos al Sabio Dios como si estuviéramos frotando la lámpara de Aladino para hacer salir  de ella al genio esclavo que está obligado a cumplir  deseos vanos y egoístas. Ante el Dios Altísimo debemos presentarnos en total sumisión, adoración y reverencia.

“Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra”.

Lo tercero a lo que llama nuestra atención  este modelo de oración es: considerar los Intereses de Dios. Debemos ocuparnos de Sus Negocios en primer lugar. En todo lo que hacemos debemos mostrar que pertenecemos al reino de Dios; así que nuestros asuntos ordinarios deben tener un enfoque extraordinario: promover los valores del reino de Dios. Además, de manera declarada, directa y abierta, debemos predicar el evangelio del reino, llamando a todos al arrepentimiento. Debemos llorar ante Dios, suplicando que su gracia alcance a los pecadores y los traslade del reino de las tinieblas al reino de su amado Hijo (Colosenses 1:13). Así, mientras llega el momento final en que su voluntad será consumada, muchos conocerán y amarán hacerla  y cumplirla ahora.

“El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy”.

Lo cuarto a lo que llama nuestra atención  este modelo de oración es: mantener a raya nuestras ambiciones terrenas. Él ha prometido sostenernos, no alentar nuestra codicia o avaricia terrenal. El mundo nos enseña a desear y acumular cosas; nunca se tiene lo suficiente, siempre se necesita más y más; “pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento” (1Timoteo 6:6). Debemos brillar con una luz diferente al brillo deslumbrante del prestigio y la opulencia mundanos. El creyente debe tener en sus ojos, no el signo de dinero que reflejan las personas de esta tierra, sino una nube de gloria que identifica donde está nuestro tesoro. Independientemente de que Dios haya dispuesto según su santo propósito que alguno administre grandes recursos; se mantiene la afirmación del apóstol Pablo: Sustento y abrigo es suficiente para que el creyente esté contento (1Timoteo 6:8).

“Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores”.

Lo quinto a lo que llama nuestra atención  este modelo de oración es: considerar  la gravedad de nuestro pecado ante Dios. Debemos sentir continuamente el peso del pecado.  El Señor quiere que nos cuidemos de pensar acerca del pecado como algo que ya pasó. Es cierto que nuestro record de pecados pasados es algo que Dios perdonó y echó al fondo del mar; pero sería fatal pensar que al ser perdonados en Cristo, podemos vivir descuidadamente, pues nuestra salvación está segura. No, se nos instruye a considerar el pecado como una deuda tan grande que ninguno puede pagarla, por  lo que debe venir ante el Trono de la Gracia en confesión y arrepentimiento, suplicando el perdón en los méritos siempre eficaces de Cristo. Al igual que como ocurrió con su estado inicial de pecado, cuando fue perdonado y hecho hijo de Dios, la gravedad del pecado del creyente debe considerarse y confesarse en profundo arrepentimiento. Luego, la certeza de ese admirable perdón debe ser un incentivo para perdonar a los que nos ofenden.

“Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal…”

Lo sexto a lo que llama nuestra atención  este modelo de oración es: considerar  la necesidad de mortificar nuestros pecados. Debemos evitar las ocasiones de pecado.  Esta instrucción va de la mano con la anterior. Pero aquí se nos advierte de manera especial  sobre el poder engañoso y seductor del pecado. Ante la tentación no hay ser humano fuerte. Exponerse a la tentación es necio, y si la gracia de Dios no interviene en misericordia, este necio hijo de Dios caerá vergonzosamente. Dios puede permitir que vengan tentaciones a nosotros. Por otro lado, los restos de nuestra naturaleza caída procuran conducir nuestros miembros al pecado. Y el Maligno se mueve activamente procurando que pequemos contra Dios. Pero una cosa es enfrentar la tentación porque Dios la permite; una cosa es la lucha interna que mantenemos contra el pecado remanente; pero otra muy distinta es exponernos voluntaria y neciamente a situaciones que puedan conducirnos a caer en pecado. Esta parte de la oración nos hace desear la bienaventuranza del varón del Salmo Primero.

“…porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos Amén”.

Lo séptimo a lo que llama nuestra atención  este modelo de oración es: considerar que TODO pertenece a  Dios. No debemos desear nada más ardientemente que a DIOS MISMO; Él es nuestro TODO.  La felicidad del creyente, entonces, gira en torno a Dios mismo, no en torno a sí mismo, o los ofrecimientos vanos del mundo. Este modelo de oración procura que esto se fije en nuestro corazón.

¡Oh, que podamos venir ante el Maestro, rogando como los discípulos: “enséñanos a orar” (Lucas 11:1)!

© Por Tony Castillo. Certeza de Pertenencia. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.


lunes, 21 de septiembre de 2015

Todo el que quiera, puede venir


Todos conocemos muchos himnos de invitación. El coro de uno de ellos dice así: (versión libre)

"Todo el que quiera, puede venir.
Todo el que quiera;
Proclamadlo al salir:
El Padre amoroso invita a su casa.
Todo el que quiera, puede venir;
Todo el que quiera"

Podrán adivinar que he elegido el tema general de los siguientes capítulos con este himno en mente. Tengo razones muy concretas y un propósito específico para tratar sobre este asunto.

En primer lugar, ha sido mi experiencia en más de una ocasión que, al predicar la pura verdad de la gracia soberana, la buena noticia de que la salvación es del Señor y en ningún sentido del hombre, hay algunos que, al igual que los muchachos sentados en la plaza de los que habla nuestro Señor, me tocan este himno, pretendiendo que les baile una danza arminiana al son de sus flautas, convencidos de que sus palabras contradicen y echan por tierra la doctrina de que Dios salva soberanamente a quien él quiere, y que la voluntad del hombre no coopera en absoluto en su salvación. Ahora bien, es evidente que yo aborrezco la música arminiana en su totalidad: esa que exalta orgullosa el libre albedrío del pecador; y me es imposible bailar a su son. Por otro lado, es mi deseo sincero prevenir a los creyentes sobre el peligro que supone el error de atribuir la salvación a la decisión de la voluntad del pecador, y, al mismo tiempo, instruirles en la salvación por la gracia soberana de Dios; en tal sentido, creo que puede ser muy educativo y beneficioso tomar el tema de ese himno y exponerlo a la luz de la Escritura.

Hay que advertir que esto no tendría mayor sentido si el tema no fuese bíblico. Mal nos iría si tomásemos las palabras de un himno escrito por los hombres, como base de una discusión y presentación positivas del evangelio. Muchos himnos han servido, y sirven todavía, como un medio para instalar e inculcar falsas doctrinas en el corazón y la mente de los que los cantan. Pero respecto al que nos referimos, puede decirse que sus palabras son tomadas casi literalmente de la Escritura y, por lo tanto, ningún cristiano podrá objetarle nada, siempre que sea bien entendido e interpretado en conexión con el resto de la doctrina de la salvación por gracia.

Sus palabras estarán tomadas, en parte, de Apocalipsis 22:17, donde leemos: "Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente". De todas maneras, la misma verdad se expresa de forma repetida y variada en la Escritura. En Isaías 55:1­3, se declara: "A todos los sedientos: Venid a las aguas; y a los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche. ¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia? Oídme atentamente, y comed del bien, y se deleitará vuestra alma con grosura. Inclinad vuestro oído, y venid a mí; oíd, y vivirá vuestra alma; y haré con vosotros pacto eterno, las misericordias firmes a David". A los que se quejen de que sus pecados los condenarán y, por tanto, no hay esperanza para ellos, el Señor les declara: "Vivo yo, dice Yahvéh el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué moriréis, oh casa de Israel?" (Ez. 33:11). El Señor nos asegura: "Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá" (Mt. 7:7,8). Su llamamiento es sin distinción: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar" (Mt. 11:28); "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna" (Jn. 3:16). Y en el gran día de la fiesta de los tabernáculos en Jerusalén, clamó: "Si alguno tiene sed, venga a mí y beba".

Ciertamente, pues, el tema de ese himno es bíblico. Todo el que esté sediento, puede beber; el hambriento, comer; el necesitado puede pedir, y recibirá; todo el que desee salvación puede buscarla, y la encontrará; el que esté trabajado y cargado, puede venir a Jesús para encontrar descanso. Sí, "todo el que quiera, puede venir".

Sin embargo, tengo que rechazar enérgicamente que este himno se cante con el propósito, oculto o manifiesto, de contradecir y echar por tierra la doctrina de la salvación por la sola gracia soberana. Ni las palabras del himno, ni, menos aún, el texto de Apocalipsis 22:17, ni ninguno de los otros pasajes citados, pueden ser usados con ese propósito. Pues eso significaría la posibilidad de apelar a una parte de la Escritura para refutar otra, lo cual no puede admitirse en modo alguno. Porque la Biblia es la revelación del Dios vivo a través de Jesucristo nuestro Señor puesta por escrito. Y como Dios es uno, y Cristo es uno, así también la Escritura es una y no puede contradecirse a sí misma. Y si alguien canta o predica sobre el tema "todo el que quiera, puede venir", usando esas palabras para negar la verdad de la soberana gracia de Dios, entonces está distorsionando su verdadero significado.

Conviene recordar brevemente lo que implica la verdad de la salvación por la libre y soberana gracia de Dios. Esto significa, en general, que Dios es también el soberano en la materia de la salvación. La salvación es desde el principio al fin una obra poderosa y prodigiosa de Dios, no menos prodigiosa, y, por tanto, no menos divina, que la obra de la creación. Es esa portentosa obra del Todopoderoso por la cual saca la luz de las tinieblas, la justicia de la injusticia, la gloria eterna de la más profunda miseria y vergüenza, la inmortalidad de la muerte; en fin, ¡el cielo del infierno!

Es la maravilla de la gracia por la que Dios levanta a un mundo condenado, desde la profundidad de su miseria a la gloria de su alianza y reino celestial. Tal obra es absolutamente divina. El hombre no tiene parte alguna en ella, y no puede, de ninguna manera, cooperar con Dios en su propia salvación. En ningún sentido de la palabra, ni en ningún momento de la obra, depende la salvación de la acción o voluntad del hombre. De hecho, el pecador por sí mismo no tiene capacidad, ni quiere recibir esa salvación. Al contrario, todo lo que puede y quiere hacer es oponerse, resistirse a su propia salvación con toda la determinación de su pecaminoso corazón. Pero Dios ordenó y preparó esta salvación con absoluta soberana libertad para los suyos, sólo sus elegidos, y a ellos la otorgó. No porque la buscaran y desearan, sino a pesar de que nunca la quisieron. Él es más fuerte que el hombre y vence al más duro de los corazones y a la voluntad más rebelde. Dios reconcilia consigo al pecador, lo justifica y le da la fe en Cristo; lo libra del poder y del dominio del pecado y lo santifica, preservándolo hasta el fin. Todo esto pertenece a la maravillosa salvación, la cual se lleva a cabo por medio de la gracia soberana solamente.

No quede ninguna duda sobre el hecho de que la misma Biblia que enfatiza repetidamente y de muchas formas que "todo el que quiera, puede venir", también enseña enfáticamente que la salvación del pecador nunca, y en ningún sentido, depende de la voluntad de éste para venir, sino exclusivamente de la soberana voluntad de Dios que es el Señor. "Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conforme a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó" (Ro. 8:29­30).

Obsérvese bien que esos versículos presentan la salvación de los que antes conoció y ordenó, como un hecho ya cumplido: son justificados, llamados y glorificados. En su consejo, Dios conoce a los suyos como pecadores salvados y glorificados. De esta manera, pues, somos bendecidos con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, "según nos escogió en él antes de la fundación del mundo" (Ef. 1:3­4). "(Pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama), se le dijo: El mayor servirá al menor. Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí" (Ro. 9:11­13). "Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia" (Ro. 9:16). Sí, "de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece" (Ro. 9:18). Sí, con plena seguridad, "todo el que quiera, puede venir"; pero también es verdad que "ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero". Y otra vez se declara: "Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre" (Jn. 6:44­65). ¿Acaso no hemos leído nunca que "el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios"? ¿Y cómo buscará alguien lo que ni tan siquiera puede ver?

Que nadie se confunda, predicar o cantar que "todo el que quiera, puede venir" es algo correcto, y no tenemos nada que objetar. Cualquiera puede ir a Cristo y será recibido con toda seguridad. Nadie podrá jamás aparecer en el día de la revelación del justo juicio de Dios, diciendo que él anheló, deseó, quiso y procuró ardientemente venir a Cristo, pero fue rechazado. Eso no puede ocurrir. Ahora bien, si alguien canta o predica solamente esto, estará faltando en la presentación de la verdad completa del evangelio como es en Cristo Jesús y está revelada en la Escritura. Estaría hablando sólo una verdad a medias, lo que, por su naturaleza, es mucho más peligroso que una falsedad directa y específica. La parte mayor de esa verdad, la más básica e importante, la estaría olvidando u omitiendo intencionadamente. Uno puede proclamar con toda libertad que "todo el que quiera, puede venir", pero será infiel a su ministerio si no añade que "ninguno puede venir, si el Padre no lo trae", y "que no es del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia".

Este énfasis tan parcial sobre lo que el hombre puede y debe hacer para ser salvo, sin mencionar la verdad de que no puede hacer nada, a menos que Dios obre las maravillas de su gracia sobre él, es precisamente una característica de la mayoría de los himnarios, en significativo contraste con la belleza y la fuerza de los Salmos. De igual manera, también la predicación moderna está rendida a esa parcialidad a la hora de presentar la salvación. No es extraño, pues, que estemos sufriendo esa caricatura de predicación, la cual consiste fundamentalmente en mendigarle al pecador para que venga a Jesús antes de que sea demasiado tarde; dejándole la falsa impresión de que está en su poder el venir hoy o mañana, o cuando más le convenga. Y presentando al mismo tiempo a un deseoso, pero impotente Jesús, que estaría siempre gustoso de salvar al pecador, pero que es incapaz de hacerlo a menos que el pecador dé su consentimiento.

El "todo el que quiera, puede venir", se presenta como queriendo decir: "Todos los hombres pueden querer venir cuando lo deseen". Y en lugar de la verdad del evangelio: que ninguno puede venir a Cristo si el Padre no lo trae, ahora oímos: "¡Cristo no puede venir al pecador, a menos que éste se lo permita!" La cantinela de tal proclamación es: "Dios está dispuesto, Dios quiere y está anhelante, Dios está ansioso y abogando para que se le conceda el privilegio de lavar los pecados de cada alma con la preciosa sangre de su Hijo y heredero. Pero sus manos están atadas, su poder está limitado y su gracia frenada por el hombre. Si quieres ser salvo, Dios querrá salvarte. Si no quieres, entonces no hay nada que Dios pueda hacer para rescatarte del infierno". En eso se convierte la predicación del evangelio cuando la verdad de la gracia soberana de Dios es olvidada o negada. Si alguien quiere llamar evangelio a eso, allá él; ¡para mí no es más que blasfemia en nombre del Dios vivo! Un Dios ansioso e implorante, cuyo poder está limitado y cuyas manos pueden ser atadas por el soberbio y rebelde pecador, que es menos que el polvo de la balanza, ¡ese no es Dios, sino un ídolo miserable!

Por lo tanto, repito, que se proclame a los cuatro vientos que "todo el que quiera, puede venir", pero que no se haga como si eso fuese todo el evangelio, sino, como es en verdad, sólo una parte del mismo; y que no se falle en enfatizar la otra parte: que no es del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. Dios es Dios; y es el Señor también en el asunto de la salvación del pecador. En los próximos capítulos procuraremos establecer la relación que existe entre la voluntad soberana y la gracia de Dios con la voluntad de venir por parte del pecador. Esto envuelve varias cuestiones que tienen que responderse: cualquiera puede venir, sí, pero ¿a quién o a qué? ¿Con qué propósito, a buscar o recibir qué cosa vienen? ¿Qué significa venir? ¿Cómo es posible venir para el pecador? Etcétera.

Es necesario, sin embargo, indicar ahora de forma general, cuál es esa relación entre la voluntad soberana de Dios para salvar y la voluntad del hombre para venir. Es evidente en toda la Escritura, y se deduce claramente de la simple, pero fundamental, verdad de que Dios es el Señor, que esa relación no puede ser tal que la voluntad de Dios quede dependiente de la del hombre, y que si ésta no consiente, la de Dios es impotente para salvar. Tampoco puede plantearse esa relación como si fuese una simple cooperación, en la que el hombre sería una parte y su voluntad se juntase con la de Dios para obrar la salvación. ¡No! Dios es Dios. El hombre nunca es una parte en relación con él. Hablar de cooperación entre el hombre y Dios, es igual que hablar de cooperación entre el alfarero y el barro en la formación de una vasija. La relación verdadera es esa en la que la voluntad de Dios, de gracia y por misericordia, es siempre primero y opera poderosa, eficaz e irresistiblemente sobre la voluntad del pecador, de tal manera que éste desea, anhela y determina venir. La voluntad para venir por parte del pecador es el fruto de la gracia salvadora de Dios que obra poderosamente en él. ¡Nadie puede venir a Cristo, si el Padre no lo trae!

Por eso podemos decir que el que quiera venir esté seguro de que puede hacerlo, y será recibido; Cristo no lo echará fuera. El hecho de querer venir es precisamente una manifestación segura del propósito eterno de Dios para salvación con respecto a él, y un testimonio del poder de la gracia. ¿Quieres venir a Cristo? ¿Es tu deseo venir a él como la fuente de agua viva, para que puedas beber? ¿Anhelas venir a él como el pan de vida, para que puedas comerlo? ¡No dudes, pues! No te quedes lejos, mirando mil razones en ti mismo por las que no serías recibido. Porque "todo el que quiere" puede venir ciertamente y tomar del agua de la vida libremente, porque "el que quiere" ¡está ya dirigido por el Padre! Oye la voz del que es la Verdad: "Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y el que a mí viene, no le echo fuera".

(Hoeksema, Herman; 1945. Todo el que quiera. by Wm. B. Eerdmans Publishing Company. www.iglesiareformada.com).

domingo, 10 de mayo de 2015

¡HE AQUÍ VIENE CRISTO; SALID A RECIBIRLE!


Entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes que tomando sus lámparas, salieron a recibir al esposo. Cinco de ellas eran prudentes y cinco insensatas. Las insensatas, tomando sus lámparas, no tomaron consigo aceite; mas las prudentes tomaron aceite en sus vasijas, juntamente con sus lámparas. Y tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron. Y a la medianoche se oyó un clamor: ¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle! Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron, y arreglaron sus lámparas.Y las insensatas dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite; porque nuestras lámparas se apagan. Mas las prudentes respondieron diciendo: Para que no nos falte a nosotras y a vosotras, id más bien a los que venden, y comprad para vosotras mismas. Pero mientras ellas iban a comprar, vino el esposo; y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta. Después vinieron también las otras vírgenes, diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos! Mas él, respondiendo, dijo: De cierto os digo, que no os conozco. Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir (Mateo 25:1-13).

Podríamos mencionar innumerables casos y cosas que ilustran la necesidad de estar alertas, enfocados, dedicados, concentrados…para alcanzar un objetivo, lograr un propósito; y/o, por otro lado, evitar situaciones vergonzosas, fracasos, perdidas, o aun desastres.  

Cosas tan simples y comunes como estar atentos cuando pones leche en la estufa, para que no suba y se derrame; estudiar y prepararte adecuadamente para tomar un examen en la escuela o la universidad. Otras riesgosas y de mayor envergadura, como estar siempre al día con los procedimientos y el cuidado de la propiedad que administras ante la expectativa de visita de los corporativos y propietarios; estar muy atentos al cambio de luces del semáforo y de los vehículos al cruzar la calle; vigilar continuamente a tus niños pequeños cuando están en la playa. 

Y es, por cierto, la necesidad de vigilar, estar alertas, dispuestos, preparados para la venida de Cristo, la clara exhortacion contenida en la parabola de las diez virgenes. Esta apropiada ilustracion forma parte del gran sermón profético que nuestro Señor pronunciara cuando los discípulos, sorprendidos por la afirmación de que los edificios del templo serian destruidos, le preguntaron: “Dinos, ¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del siglo?” (Mat. 24:3). 

La Palabra de Dios asegura que “Cristo fue ofrecido una sola vez [en su primera venida] para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan (Heb. 9:28). Sin embargo, el conocimiento del día y la hora de su venida ha sido reservado a su sola potestad, por lo que se ordena a los creyentes  vivir en la expectativa constante de su regreso; a estar anhelantes y listos para su encuentro; pues en aquel día se verá que este es el documento de identidad de los que son suyos: al poseer la nueva vida de Cristo impartida por el Espíritu Santo, su anhelo constante es agradar y aguardar a su Señor.   

Nuestro Señor se refiere al tiempo de su segunda venida como el momento en que el reino de Dios será establecido en su etapa final o de consumación. Cristo enseñó que el reino fue establecido en su primera venida en una etapa inaugural, espiritual o de siembra: Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado. Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio. Preguntado por los fariseos, cuándo había de venir el reino de Dios, les respondió y dijo: El reino de Dios no vendrá con advertencia, ni dirán: Helo aquí, o helo allí; porque he aquí el reino de Dios está entre vosotros (Mat. 4:17; Mar. 1:14-15; Luc. 17:20-21).

El apóstol Pablo asegura que el Padre nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo (Col.1:13). Todo creyente es ya un ciudadano del reino de Dios, y disfruta de toda bendición espiritual. Sin embargo, es claro que el reino de Dios espera un tiempo en que será manifestado en su etapa final, pues se nos manda orar: venga tu reino; y esto será, según enseña este sermón escatológico, en la segunda venida de nuestro Señor.

Entonces, se revelará o evidenciará que entre los que esperan la venida del Señor hay dos tipos de personas. Semejante a lo que enseñan las parábolas del trigo y la cizaña, del sembrador, o de la gran red de pesca; Cristo utiliza aquí una parábola que ilustra cómo, aunque se dé la imagen de que todos los que se llaman cristianos son iguales, la verdad es que hay creyentes verdaderos y creyentes solo de apariencia.


REFLEXIONANDO EN ESTA ILUSTRACION

En esta ilustración la evidencia de una verdadera relación con Dios está en  la actitud vigilante y expectante de la fe, por la cual los creyentes se describen como “los que le esperan para salud” (Heb_9:28) y “los que aman su venida” (2Ti_4:8). En la parábola [echando mano de una costumbre común en el estilo oriental de realizar las bodas] unas doncellas que acompañarían a una novia, y cuyo deber era el de salir de noche con lámparas, y estar listas al presentarse el novio para acompañar a la novia a la casa de él, y entrar allí a la fiesta nupcial [nos presentan de una  manera muy gráfica la necesidad de la vigilancia y la preparación, como una evidencia de que verdaderamente deben formar parte del cortejo]…  las Vírgenes y el Novio presentan toda la enseñanza de la parábola. (JFB)

Esta parábola, entonces, habla al verdadero creyente. Hermanos míos, el creyente no está llamado a esperar  a Cristo solo en un sentido de inminencia, es decir, de la posibilidad de que regrese en cualquier momento y nos sorprenda. Pablo asegura: Mas vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como ladrón.  Porque todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas (1Tes. 5:4-5). Aunque esto no es razón para que él deje de exhortar con vehemencia: Por tanto, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios (1Tes. 5:6).

Además, es claro en este mismo sermón del Señor (Mat. 24-25) que la inminencia no es absoluta, pues Él  habla de muchas señales que anunciarían, por un lado, la certeza de la destrucción del templo (lo que ocurrió unos cuarenta años después de este discurso); y, por otro, el acontecimiento más grande, que prefiguraba el primero: su venida y el fin del siglo (lo que con seguridad se tardaría un tiempo considerable).

Por todo lo dicho considero que, aunque sí se mantiene un cierto elemento de inminencia, el llamado de expectativa constante del creyente tiene que ver con devoción, entrega, disposición, servicio; sentirse y saberse (al igual que los héroes de la fe de Hebreos 11) como peregrinos y extranjeros, anhelando una Patria, una ciudad con fundamento eterno, cuyo Arquitecto y Constructor es Dios.

El creyente verdadero espera a Cristo suspirando por la consumación de su redención; el cordón umbilical que le unía a este mundo antes de su nuevo nacimiento está completamente cortado. Como soldado fiel que sabe Quién lo tomó  para que militara en Sus filas, no se enreda en los negocios de esta vida, a fin de agradarle.

Sí agradece a su Señor por todo lo que en esta vida le concede administrar, disfrutar, amar…; pero su deleite está en glorificar a Dios a través de esos medios; y, como los fieles mártires de tiempos pasados, no llorará la perdida de esas cosas cuando tenga que ser llamado a la presencia de su Dios, sea atravesando las puertas de la muerte, o pasando a través de los cielos que se enrollan para mostrar la gloriosa faz de su Señor en su regreso.

El creyente verdadero no procurará apercibirse porque se enteró que ya el señor está llegando; no, él tiene siempre aceite en su lámpara, no correrá a buscar aceite cuando ya no tenga dudas de la venida de cristo…él pertenece ya al reino donde cristo gobierna; en un sentido espiritual, pero muy real, cristo esta con él, a su lado. Sabe que el aspecto presente del reino tendrá su consumación futura, sí, pero eso no disminuye, sino que incrementa su compromiso de fidelidad con su Rey aquí y ahora.

Martín Lutero dijo: " en mi calendario solo tengo dos días: hoy, y el día del juicio de Dios". El presente de Martín Lutero estaba condicionado por el día del juicio. Podía estar lejos o podía estar cerca, para él no importaba, pues solo tenía dos días de que preocuparse y ocuparse.

Por otro lado, esta parábola te habla directamente a ti, que estas en la iglesia, pero no te has convertido realmente. El Señor llama tu atención, Él te dice que puedes engañar a todos, y aun tu propio corazón te puede hacer pensar que tienes fe, que esperas a Cristo, pero tus hechos niegan la eficacia de la piedad que profesas. Profesas conocer a Dios, pero vives para tu placer; hablas del cielo, pero estas enraizado a esta tierra; para ti el calendario tiene muchos días, como en los días de Noé, comprar, vender, casarte, dar en casamiento, procurar el éxito en esta tierra; a menos que estés pasando por un momento difícil, no consideras realmente que la otra vida sea mejor. Tu estas contento con el mundo, a la vez que llenas tu cuota de religión.


Pero está cercano el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi evangelio (Rom. 2:16), certifica Pablo. La obra de cada uno, cual sea, el día la probará; los ojos de fuego del Señor que viene en gloria dejarán al descubierto tu falta de aceite, es decir, tu falta de vida espiritual. Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él, confirma Pablo en Romanos 8:8-9. Así que el Señor te urge  a que de Él compres ahora, mediante el arrepentimiento y la fe, el aceite que necesitas, y que te identifica con Él; de otra manera el Señor no te conoce ahora, ni te conocerá en aquel día.
 
Recuerda que pueden sorprenderte tanto la muerte como la venida de nuestro Señor; la una o la otra, de seguro te llevaran a comparecer ante el Juez justo que pronunciará la sentencia final sobre ti.
 

© Por Tony Castillo. Certeza de Pertenencia. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.